Día luego de Baños
La democrática bizarría
César Cortés Vega
¡Bizarría! Una metralla de tontería y desequilibrio. Gracias a que finalmente se pudo conectar internet en El Panal –nombre del lugar en el que vivimos– la colectividad decide tener su momento YouTube. Y, sorpresa, se mueve más o menos como me muevo yo en el medio, picándole a los videos en un recorrido que de lo más o menos racional, tiende a la insaciabilidad caníbal, glotonería de golosinas visuales en la búsqueda de lo insólito. ¡Esas cosas se comparten! Y vaya que “nomames”, está cabrón. ¡Soraya Montenegro de la Vega Viuda de Montalván en la telenovela María la del Barrio! No recordaba sus alaridos dirigidos a la “maldita lisiada”. Itati Cantoral, nombre de la actriz que le da vida, gracias al poder de la televisión mexicana y a unos maestros de actuación del CEA que le hicieron creer que si gritaba hasta desgañitarse su personaje sería más contundente, pudo romper las fronteras haciendo que en el futuro los espectadores mexicanos nos quedáramos azorados frente a la compatriota. Lo mismo los latinoamericanos a quienes les han llegado de una u otra manera las imágenes telenoveleras. ¡Fuking delirio! Así es la cultura; en la naturalidad, “manda fruta”. Y la fruta que manda devela cómo es la cosa, a qué nos atenemos. Por eso personajes como Delfín Quishpe, la Tigresa del Oriente o Wendy Sulca fascinan hoy. Porque indican una tendencia que, desde nuestra posición autocomplaciente, pensamos que no estarían ahí. Y cuando nos damos cuenta de que sí, de que están y que les importa una mierda lo que opinemos de ellos, entonces nos hacen reír. Porque sí, son cagadísimos y no alcanzamos a entender si lo saben o no, si hacen lo que hacen gracias a que dominan una especie de mercadotecnia salvaje que trasciende toda planeación estratégica sobre el medio para dislocarle desde la viralidad y el morbo. Por eso la risa que provocan está a medio camino entre el ser ilustrado que reconoce que sus estrategias para adaptarse no pasan por semejantes ingenuidades –no lo osarían, pues la adaptación exige en esos casos menores visitas al perfil, invitados más selectos– y cierto reconocimiento de que lo que se encuentra en ese otro es un poco parte de nosotros mismos. Esto gracias a que probablemente no hemos podido controlarlo todo: los gestos se nos escapan y frente a una mirada centralizadora que establece maneras de hacer, no siempre tenemos las mejores soluciones. Afortunadamente. Quizá entonces, si hoy nos lo permitimos, es decir, si el espectáculo oficial de una cadena tan poderosa como Televisa nos lo muestra, pero también un par de videos mal producidos que han sido vistos por una cantidad inusitada de gentes nos dicen que el error es a la vez consumido, es gracias a que nos encontramos en un espacio que convierte esa permisividad en su dividendo. El capitalismo inmaterial produce monstruos –podría decir el grabado de algún Goya contemporáneo– colectividades basadas en la incorrección, orgullosos portadores de la diferencia que hoy produce espectáculo. ¡Y seres con la risa fácil! Un privilegio de nuestra rebelión frente a la convencionalidad, un arma de doble filo, nuevas fórmulas para la costumbre.